Es la auténtica madre de la Declaración. La que fuera
esposa del presidente de Estados Unidos pasará a la
historia como una luchadora por la dignidad.
Rosa Montero
ELEANOR ROOSEVELT FUE una especie de milagro, un raro portento.
Primero porque, aun habiendo tenido una infancia dolorosa, consiguió
remontar sus inseguridades y convertirse en un personaje de talla mundial.
Pero, sobre todo, porque trabajaba y trabajaba y trabajaba. Su
laboriosidad era tan extraordinaria que rozaba lo inhumano.
A lo largo de su vida adulta, Eleanor visitó suburbios míseros, descendió a
las minas, viajó a los frentes de la guerra para dar aliento a los soldados,
presidió comisiones, trabajó duramente para el Partido Demócrata.
Durante los 12 años que su marido ocupó la Presidencia de Estados
Unidos, ella le sirvió de "ojos, oídos y piernas", porque Franklin Delano
Roosevelt había quedado paralizado por la polio en 1921. Eleanor publicó
17 libros serios, entre ensayos y memorias, amén de una infinidad de
libritos variados: de niños, de cocina, de etiqueta y costumbres Por si
esto fuera poco, intervenía en programas de radio y durante 30 años
escribió un artículo diario en los periódicos. La mera enumeración de sus
actividades resulta vertiginosa.
Era alta, angulosa y de boca caballuna. Tenía unos ojos espléndidos y hoy
hubiera sido considerada una mujer atractiva y con estilo, pero en su
época no respondía a los estrechos cánones de la femineidad y fue
ridiculizada por su supuesta fealdad. Su madre, una señora bien de belleza
clásica, la despreciaba; el padre era un alcohólico al que terminaron por
echar de casa. De todas maneras, estos calamitosos padres no le duraron
mucho: a los 10 años Eleanor era huérfana de ambos. A partir de entonces
se educó con su abuela materna, que tampoco parecía querer a la niña.
Eleanor pertenecía a la más alta sociedad; su tío era el presidente de
Estados Unidos Theodore Roosevelt, y fue él quien la llevó al altar en
1905, cuando se casó, a los 21 años, con su primo Franklin.
Eleanor desempeñaba trabajos sociales desde los 19 años, pero tras su
boda lo abandonó todo y se dedicó a parir (seis hijos en una década) y a
ser esposa. Hasta que, en 1917, descubrió que su marido la engañaba con
su secretaria. No se divorciaron, pero el matrimonio saltó por los aires.
Para ella fue un gran trauma: incluso atravesó por una crisis de depresión y
anorexia. Pero se rehizo, y comenzó el milagro. Eleanor empezó a
trabajar.
Y no sólo a trabajar, sino a vivir. Franklin y ella mantuvieron las
apariencias de una vida matrimonial y una fiel amistad, pero Eleanor se
construyó una casa, y residía allí la mayor parte del tiempo junto a dos
amigas, feministas y activistas políticas, que eran lesbianas y formaban
pareja. El chalé era lo que Franklin llamaba, con cierta malevolencia,
"vuestro hotel de luna de miel".
Y es que Eleanor Roosevelt fue intensa en todo. Tras el desengaño de
Franklin tuvo al menos dos amantes: uno fue el atractivo Earl Miller,
antiguo guardaespaldas de su marido y 12 años más joven que ella, con
quien mantuvo una relación primero pasional y luego amistosa que duró
toda la vida. Su otro gran amor fue la periodista Lorena Hickock, con la
que vivió temporadas. Eleanor envió a Lorena 2.336 cartas. "Recuerdo tus
ojos, con una especie de brillo burlón en ellos, y la sensación de esa
esquina suave, justo al noreste de tu boca, contra mis labios", le dice en
1933.
Toda esa fuerza vital está reflejada en sus artículos diarios, que no son un
prodigio de escritura, pero sí sensatos, sinceros y a menudo
conmovedores, porque están llenos de ese conocimiento profundo de la
vida que sólo se adquiere a través del sufrimiento dignamente asumido y
de la compasión o capacidad de entender a los demás: "Nadie puede
hacerte sentir inferior sin tu consentimiento", escribió, por ejemplo.
Siempre fue radical en su lucha por los derechos humanos y por los
necesitados y las minorías: se opuso a la caza de brujas del macartismo y
abogó por la integración racial en momentos en que ambas causas eran
muy impopulares. Tuvo valor moral y resistencia.
En 1947, muerto ya Franklin Delano Roosevelt, Eleanor fue nombrada
delegada de Estados Unidos ante la ONU, en donde la eligieron
presidenta de la Comisión de Derechos Humanos. Desde ese cargo, y
gracias a toda su energía y su capacidad de convicción, consiguió sacar
adelante la Declaración Universal de Derechos Humanos, sin duda la obra
cumbre de su vida y una pieza clave en el nuevo concepto del
internacionalismo democrático. El 10 de diciembre de 1948, cuando la
Asamblea General aprobó la Declaración, todos los delegados de la ONU
se pusieron en pie para ovacionar a Eleanor. A esa mujer dentona e
íntegra que tuvo el espíritu de servicio de una monja y la libertad interior de
una aventurera, y que supo construirse, día a día, una vida más serena y
más sabia.